El Mar se enfurece al saber que me voy. Yo también me enfurezco. Me encamino a la playa sabiendo que es la última vez que tomaré esa dirección. Pero antes me dejo acunar, cierro los ojos y miro al suelo, a seis metros de mi. Estoy tan lejos del suelo física como moralmente, pero acercarme es un viaje mucho más largo para mi mente que para mi cuerpo.
El mar llora de rabia, se lleva el suelo bajo los escalones para que no suba, me ofrece las mejores piedras planas, como la amante que da sus mejores besos a su marido antes de que un pelotón de fusilamiento se lo arranque. Eva también llora y el Capitán cree morirse de pena.
A su salida van todos los peces a despedirle, le acarician los pies, le siguen allá donde va. No te vayas, dicen en su mudo lenguaje. No te vayas Capitán.
Cuando el Capitán saca la cabeza y pisa el suelo ve otra realidad. No puede más que volver a mirar al mar bajo su falda para ver otra vez el paraiso. Allí siguen los peces, siguiéndome donde vaya, pidiéndome que me quede.
Entonces sale del todo, el mar se alarga para seguir rozándole un pie y el Capitán mete la cabeza en el para darle un beso.
Y más tarde llega a la meseta y mira por la ventana, y ya no hay infinito allí. El horizonte está a 30 metros, a un paseo o paseo y medio. Y ya no suenan las olas. Sólo silencio de muertos. Ya no le queda más remedio que no darse la vuelta hasta que no se vayan de su habitación, para que no vean salir mar de su nariz. Ni de sus ojos.
1 comentario:
muy bonito, en serio
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