15.9.09

Cefaleopoldo.

Escribe Eugenio

Esta historia es verídica del todo:

Hace varios años encontré un pulpo bajo una roca. En vez de esconderse o huir se dedicaba a ignorarme. Nadaba y se movía como si yo no estuviera ahí, lo que me dió opción a observarlo cuanto quise.

Pero lo que pasó después me maravilló: Jugaba conmigo. Se me cayó una piedra y fue a por ella. Luego fuí tirando otras y el pulpo siempre iba a por ellas. Por supuesto no me las traía de vuelta, pero el pulpo las seguía según el orden en que las tiraba. (claro que según el orden en que ls tiraba caían al suelo, así que...) Nunca más he conseguido que un pulpo me siga de ese modo. Nos hicimos amigos. Le llamé Cefaleopoldo. Era un buen pulpo. Era simpático. Un idiota lo atravesó con un arpón. Me quedé con ganas de arrancárselo de Cefaleopoldo y clavárselo a él.

No hay comentarios: